Una vez más, la historia para no mirar atrás

Ingrid camina sola por el oscuro callejón de la amargura, en cada paso que da, un pedazo de corazón va cayendo. Una vez más y sin ser consciente ha utilizado la única táctica de amor que conoce y aquella que nunca funciona: darlo todo por nada.

Este cuento como muchos otros empieza en lo más alto de una montaña rusa y desciende en picada y sin frenos, con picos de maltratos, silencios, miles de llamadas y mensajes, sin respuesta, que le dejan cada vez más desarmada. 

Ingrid cargó con cruces que no le pertenecían, ofreciéndose en cuerpo y alma para salvar a otro de sus demonios, corría tras alguien para rescatarlo, para curarlo, para pegarse como goma de mascar al zapato de quien la pisaba. Una vez más, lo dio todo por miedo a estar sola. 

El miedo, es tan atroz que paraliza, nubla la razón, hace que actuemos por impulso y justifiquemos a quien no nos ama, cubriendo los espacios, los silencios y las urgencia del otro, hasta  volverse indispensable y necesaria. El otro termina por aceptarlo a la fuerza, porque a fin de cuentas le resuelve, le sirve y  le facilita.

Llega aquel día en que esa planta muere podrida por exceso de agua y cuidado. El otro no puede devolver tantos favores. Se hace a un lado por el agobio, por el peso y argumenta que él no ha pedido amor, ayuda, comprensión y tiempo; cuánta razón tiene. Uno siempre da lo que le nace del corazón y se confunde al esperar algo a cambio de ese otro quien tiene libre albedrío. 

Una vez más el corazón de Ingrid se vuelve mil trizas, el cuento llega a su fin, sin comprender qué ha pasado para sentir de nuevo aquel vacío. Ingrid necesita amor y da sin que se lo pidan. 

Amar no es necesitar. Una vez más, Ingrid ha esperado una respuesta favorable, con altas expectativas en ese otro, cuando la única que tiene solución a los cuestionamientos es ella misma. 

Que oportuno es el conflicto para hacer una introspección, un análisis, un entendimiento basado en el amor propio, ese amor que llena vacíos, escucha emociones y nos hace entender nuestros sentimientos. 

Una vez más las lágrimas sirven para purificar el ambiente, para germinar las semillas de los sueños y cosechar frutos de evolución; pero para ello es necesario confiar en el proceso donde se desaprende los patrones y se curan nuestras heridas generadas en la niñez y a través del tiempo.

Esa es la única vía para que no exista una vez más en el fracaso del amor como en otras áreas, trabajar en nosotros para convertirnos en un ser completo y abundante que no necesite de un complemento ajeno, pues solo será una circunstancia y no el centro de nuestra vida.

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