Conozco muy lo que es callarse para no incomodar. Fue lo que hice durante años. No porque no tuviera cosas que decir, sino porque las personas a mi alrededor me enseñaron, sin quizás pretenderlo.
«Otra vez tú con lo mismo», «hay personas que les pasan cosas peores», «no exageres»… son frases, repetidas una y otra vez por la gente de mi entorno, que se convirtieron en una cadena invisible que me impedía sentir sin vergüenza.
Así aprendí a tragarme mi dolor, a convertirlo en silencio, a seguir caminando aunque por dentro estuviera deshecha. La vida seguía, los días pasaban, iba de lugar en lugar sin nada que me moviera de verdad. Sin propósito. Sin dirección.
Era un dolor muy particular. No era una crisis visible ni un momento de quiebre dramático. Era algo más sutil y más cruel: la sensación de que no importaba, de que mis emociones eran un estorbo para los demás. Y poco a poco, empecé a creerlo.
Cuando llegué al programa de Gustavo Eduardo, no sabía con exactitud qué buscaba. Solo sabía que necesitaba un lugar donde pudiera existir sin que nadie me dijera que estaba exagerando o que siempre decía lo mismo. Y eso fue exactamente lo que encontré.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien me escuchó sin juzgar. Los ejercicios del programa me invitaban a mirarme hacia adentro, no para criticarme, sino para entenderme. Y en ese espacio, empecé a ver cosas que llevaba años ignorando: mis miedos, mis patrones, mis necesidades reales.