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Una dulce noche de Navidad

Damian, un niño de 10 años que vivía en los suburbios de Vista de Alphaville, viajaba de lunes a domingo en el transporte público hasta llegar al Parque Central, donde trabajaba como lustrador de zapatos, mientra recorría la ciudad, su mente viajaba de las tablas de multiplicar a algunas historietas de sus personajes de ficción favoritos. 

En aquella ocasión, a finales de noviembre. Un señor de avanzada edad, con cabello cano, traje impecable y un bastón color café, que tenía un caballo dorado en el mango, bajó de un lujoso auto a limpiar sus costosas botas, antes de ingresar a una importante reunión. El amable anciano en su afán de romper el hielo y generar conversación, preguntó a Damian:

– Y tú,  ¿has escrito tu carta de deseos navideños?

El niño con algo de tristeza, respondió:

– No. Es que tengo muchos deseos pendientes y aun no defino qué es lo que quiero.

El señor, asombrado por su contundente respuesta, continuó:

– Sea cual sea tu deseo, debes manifestarlo, quien sabe y con suerte puedes conseguir todos los anhelos de tu corazón.

Damian sonrió y continuó lustrando las botas del caballero. El viejecito al observar el buen trabajo del niño lo felicitó y le entregó un billete de alto valor. El niño se apresuró a buscar el cambio y demoró un tiempo considerable. El señor con afán por su reunión se marchó y pensó que eran cosas de niños.

Luego de algunas semanas, el niño lustrabotas tomó la decisión de escribir la carta a Santa Claus, en palabras poco entendibles, con mala ortografía y algunos tachones, el papel fue guardado en su caja de trabajo;  con el paso del tiempo, aquel papel se manchó con tintas y baserolas de distintos colores.

Una tarde lluviosa, previa al 24 de diciembre. Damian de regreso a su humilde hogar, divisó entre el tumulto de gente, aquel bastón café con caballo dorado y pensó que sin duda, le pertenecía al viejito de nombre desconocido. El anciano intentaba cruzar la calle en una esquina repleta de autos. El niño corrió hacia él para ayudarle y entregarle el cambio del billete con el que había pagado por su servicio, semanas atrás. Al abrir su caja encontró la carta que había escrito con gran esmero. Damian pensó que quizás nunca más tendría la oportunidad de volver a verlo, así que le pidió al anciano que entregue el papel lleno de tinta a Papa Noel. En su mente inocente, estaba convencido de que el señor tenía contactos influyentes para que Santa leyera sus deseos.

El anciano sonrió, agradeció al niño por el gesto y recibió su carta, pero insistió en que el dinero sea considerado como un regalo de su parte. Damian le agradeció y con eso compró leche, pan, huevos y lo necesario para una humilde cena de Nochebuena, que disfrutó junto a su madre y sus dos hermanos menores. De esta forma, había cumplido uno de sus sueños. La noche fue mágica entre cantos y baile de villancicos que endulzaron aquella Navidad.

En otra parte de la ciudad, el anciano solitario en su lujosa mansión, abría la carta con remitente: Papa Noel y leyó detalladamente el relato del pequeño:

– Querido Papa Noel,

Presente.- 

Soy yo Damian, el niño que vive en los suburbios de São Paulo, mi mamá me contó de ti. Ella dice que tu cumples sueños a los niños de corazón puro y noble, y yo creo que lo soy. No me decidí a escribirte, porque no tenía quien me ayude con el envío de esta carta. 

La semana pasada conocí a un señor amable, que sin conocerme, me ha invitado a creer en ti, por eso, hoy me atreví a perder el miedo e intentarlo.

Bueno quizás no tengas mucho tiempo, asi que te voy a contar mi primer deseo, ¿te acuerdas del señor viejito del que te hable?, dale mucha salud y permite que nos volvamos a encontrar. Supongo que si estás leyendo esto, es porque cumpliste mi primer sueño. 

Segundo, quisiera tener tanto dinero, como para poder comprar la cena de Navidad, para mi mamá y mis dos hermanos pequeños (ellos no pueden escribir, por eso lo hago yo).

Y tercero y último, solo si puedes… me podrias conseguir un soldadito de guerra, es para completar mi juego de Defensa Civil de Brasil.

Con profundo amor. 

Alguien que decidió volver a creer en ti.

El anciano, llevó la carta a su corazón y con lágrimas en los ojos, comió tan solo un bocado de su lujosa cena, apartando el plato de comida de su vista.

A la mañana siguiente, a Damian le despertó un grito de su madre, apresurado se puso en pie buscándola entre los cartones que servían como paredes en su humilde hogar. Al encontrar a su mamá en la puerta, llena de regalos, abundante comida en su mesa y distinguir el inconfundible bastón del anciano, se sorprendió. No podía creer lo rápido que sus sueños se iban materializando. Papá Noel había enviado al señor con sus regalos y era normal pensar que Santa era un abuelo demasiado ocupado, para venir a entregarlos, él personalmente.

El abuelo al ver a Damian lo abrazó fraternalmente; entregando aquel fuerte soldado, que había pedido como único regalo para él. El niño había devuelto sin querer sentido a su Navidad y al resto de su vida. La familia de Damian, el abuelo y su mayordomo, celebraron juntos por primera vez la Navidad, repitiendo por muchos años esa tradición de unión y solidaridad.  

Cada Navidad revivimos la unión con nuestros seres queridos y cercanos. Es un alto a nuestro cotidiano y apresurado reloj. Así lo hemos mantenido a través del tiempo, como aquel momento de introspección donde evaluarnos los acontecimientos de todo el año. Nos damos tiempo para esclarecer aquello que sentimos y le damos más importancia a lo que creemos;  a esa  magia interna que nos impulsa a luchar por nuestros sueños, todos los minutos, horas, días y meses. A dar oídos a esa fe que nos permite hacer realidad lo que esperamos, como evidencia de lo que no podemos ver.  

Que esta Navidad la unión familiar, la solidaridad y el amor, sean elementos infalibles para alimentar tu alma. Son los deseos de todos los que conformamos el equipo de Despierta con Gustavo Eduardo.

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