Integridad a domicilio

Es lunes de madrugada, Marina no durmió, su mente no para: las deudas, el deterioro de salud de su padre que no mejora, los diagnósticos de los médicos nada alentadores y su trabajo en aquel viejo taxi, ya no alcanza para mantener a su familia. Se da vueltas, tratando de abrigar su cuerpo entre la esponja y la sabana; pero no lo logra.

El reloj marca las 03:30, mientras toma una ducha fría y se viste, recuerda a su madre, quien le enseñó “que los miedos y la incertidumbre siempre se les mira a los ojos y se les hace frente, con plena convicción de triunfo”. Así lo hace día a día, deja listo desayuno, almuerzo y merienda; para que su hermana menor Julia, cuide y alimente a su padre. 

A las 6:30, sale apresurada de casa e ingresa al tráfico de la gran ciudad. Su primer cliente sube, van conversando sobre lo complicado de la situación económica, entre risas y unos cuantos consejos. Agradece a su pasajero por el pago de sus servicios. Enseguida, en la misma parada, sube una señorita muy bien vestida.

Marina consultó el lugar a donde la joven necesitaba llegar, quien contestó con una voz apagada e ignoró la siguiente pregunta sobre el cambio climático. Luego de algunos kilómetros de recorrido, logró ver que la adolescente lloraba mirando fijamente a la ventana. Sintió dolor, sin conocerla, y respetó ese silencio hasta llegar al destino. Sin decir más, la señorita pagó más del valor que correspondía y se bajó rápidamente del auto e ingresó a una casa lujosa. Marina como todas la veces que un cliente utiliza su servicio a domicilio, esperó a que la joven entrara y se marchó. 

Son las 15:00, al tocar bolsillo posterior del asiento del copiloto, se dio cuenta de que había un paquete desconocido, con rapidez estacionó el auto y abrió el paquete mismo que estaba lleno de dinero, pensó enseguida que le pertenecía a su última cliente, la triste joven.

Sin dudar por un momento, pensó que devolver el paquete era lo correcto. Antes debía ir a casa que quedaba muy lejos, con la esperanza de que su padre esté mejor. No fue así, Marina entró a casa angustiada porque su hermana Julia estaba llorando y le explica que “papá Rodrigo se puso grave y lo tuvieron que internar en el hospital más cercano”. Los médicos le contaron que los medicamentos eran costosos y solo podía estar por esa noche en el hospital. 

Marina buscó a su padre en una amplia habitación con más de 20 camas, sintió que su cuerpo se estremecía. Al mirarlo se arrodilló, le pidió la bendición, y luego de darle un amoroso beso en su frente, se acercó a su oído para escuchar lo que susurraba. Rodrigo abrió los ojos y entre frases cortadas, le dijo a Marina que siempre actúe en coherencia con lo que su corazón le dicte y se vuelve a dormir por el efecto de los fuertes medicamentos. Ella sale apresurada de la gran sala, con lágrimas en los ojos, pues sabe que el dinero que encontró en el auto serviría para comprar los medicamentos necesarios.

Las voces de su padre y su madre se han vuelto más fuertes y, sin pensarlo más, Marina se sube en ese viejo auto para atravesar de nuevo toda la ciudad para regresar el paquete. Marina no paraba de pensar que esa decisión le podría costar la vida de su padre, pero actuar con integridad era respetar su legado. 

Al tocar la gran puerta su corazón se aceleró, mientras una señora elegante y amable la recibió. Marina aún consternada casi no pudo pronunciar las palabras que le presentaban y le comentó que una joven que subió a su taxi, olvidó un paquete. 

La señora sonríe agradecida por el gesto honrado y le pide a Marina aguardar en la entrada, sin recibir el paquete. Ella ya está inquieta por la hora y empieza a sentirse mal humorada por el cansancio y preocupación. Minutos más tarde, la señora sale con una canasta llena de conservas, frutas y otro paquete igual al que Marina guarda en sus manos. Ella piensa que se trata de una mala broma, duda y se niega a recibir lo que la señora de sonrisa amplia, le entrega en sus manos. 

Al ver la incomodidad de Marina, la señora explica que ese dinero es del padre de su hija. Él le entregó el paquete a la niña con la intención de que no vuelva a buscarlo y se olviden para siempre de él. La joven lastimada por ese proceder y con la intención de borrar para siempre el hecho, dejó a propósito el paquete en el carro de Marina, al observar lo servicial que se portó hasta entrar a su casa. 

La señora le agradeció la integridad con la que actuó y lamentó la espera de Marina. A su vez, le pidió que si tiene familia lo comparta con ellos, ya que era evidente los pocos recursos que poseía. A diferencia de su devastada familia, que lo tenían todo económicamente, sin gozar de unión familiar, lo que llevó a que su hija a intentar quitarse la vida por varias ocasiones. Marina contrariada por el relato de la señora subió su recompensa al viejo auto y mientras se alejaba, se prometió a ella misma, volver a ese lugar para brindar su ayuda.

Marina llegó al hospital, pagó el tratamiento completo de su padre, quien se recuperó satisfactoriamente. Con el dinero restante, que aún era mucho, pagó los estudios de su hermana Julia, las cuotas vencidas del auto y el arriendo del paupérrimo cuarto en el que vivía con su familia. Poco tiempo después, decidieron mudarse a un barrio menos peligroso e hicieron arreglos en el taxi, con el afán de potenciar la calidad de su trabajo. 

Marina no olvidó su promesa. Una mañana soleada de sábado alistó a su padre para ir a dar una vuelta. Rodrigo estaba feliz por recorrer la gran ciudad, la que no lucía así en sus recuerdos. El lugar lejano, de casas lujosas y grandes puertas, le parecían sacadas de un cuento de hadas.

Al llegar a la exuberante casa, Marina golpeó la puerta y salió aquella joven a la que llevó a esa misma puerta aquel día, se sonrieron mutuamente. Luego, Marina le presentó a su padre, quien ahora estaba sano y les contó a ambos lo que el uno había hecho por el otro, sin ni siquiera conocerse, explicándoles que dinero que la joven dejó en el auto curó a su padre. 

Rodrigo abrazó a la adolescente, sin esperar otra explicación, le contó varias experiencias que ratificaban lo hermoso de vivir cuando miras a través de un cristal de valores: amor, perdón, paciencia e integridad, para enfrentar cada hecho por más doloroso o difícil que parezca. “La integridad es la coherencia entre pensar, decir y hacer”.  La madre de la joven estaba feliz de que Marina volviera y les enseñara, con su ejemplo, más de lo que el dinero puede comprar. 

La vida nos lleva a mundos lejanos de ida y vuelta, a lugares inimaginables donde conocemos a distintas personas quienes nos enseñan a modificar nuestras conductas y ayudan a pulir  quienes somos, pongamos más corazón en lo que aportamos y ponemos al servicio del resto de manera silenciosa, a través de una sonrisa, una palabra amable o un acto desinteresado.

No sabemos lo que cada persona guarda en su mente y corazón, pero si podemos dar una respuesta eficiente para mejorar nuestro entorno al ser buenos seres humanos, al ser íntegros, cumplir con las promesas que nos hacemos, actuar con valores por dónde vamos. Recuerda que no cuesta, es contagioso y lo podemos poner de moda, así como lo hizo diariamente Marina. En cada viaje, con cada detalle, con cada cliente… a domicilio abriendo puertas y cruzando fronteras. 

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