Inmortal perseverancia

Martha es una mujer de 54 años, desde sus 17 años ha trabajado sin descanso, ya que se quedó embarazada a corta edad, tuvo que abandonar sus estudios y maduró de manera brusca al enfrentar esa realidad. A lo largo de su vida, pasó por situaciones muy complejas que golpearon su esperanza, su fe en la vida y la confianza en sí misma.

Martha considera que el pasado no es mejor que el presente, aunque tuvo éxito también hubo dificultades; aprendió, se equivocó y perdió varias veces. Ella me cuenta con gran nostalgia que pasó de ser una funcionaria pública a dueña de un prestigioso local de comida, llamado el “Café de La Venti6”, el nombre se lo dió por estar ubicado en la calle Ventimilla y Avenida 6 de agosto. 

Martha estaba muy feliz con su negocio porque creció más de lo que un día pudo imaginar. Ella pensaba que había alcanzado la cima, gracias a sus clientes, la mayoría extranjeros y estudiantes de universidad, quienes hacían fila buscando una mesa desocupada, y si estaban apurados, la opción de pedir para llevar siempre estaba disponible. 

Los sándwiches frescos, las pizzas con deliciosos embutidos, el café caliente y otros productos, marcaron la diferencia del sector por sus módicos costos y su sabor exquisito. Marha no podía continuar sola, el trabajo se desbordó y el lugar se hizo tan popular, que tomó la decisión de arrendar un espacio tres veces más amplio, donde tuvo que contratar personal, hacer adecuaciones y sobre todo, prepararse mentalmente para proliferar su amor a todos sus clientes.

Los problemas empezaron con la contratación de Lucía, quien empezó a tomar gran interés por el control de las finanzas del lugar y el cobro en caja, olvidando la atención. Mientras Martha, se ocupaba de la recepción de los clientes y de tomar sus pedidos. Lucía aprovechó los descuidos y confianza brindada para sustraer dinero  sin devolverlo. A su vez, el dueño del local al ver la gran afluencia de gente, cuestionó su éxito eminente.

Con el paso del tiempo, Martha enfermó. Los clientes demandaban su atención y sus empleados no le colaboraban lo suficiente. Los robos de Lucía fueron más evidentes y pese a la gran acogida de sus clientes, el dinero ya no alcanzaba para pagar el costoso arriendo. Martha habló con el dueño del local, pero el decidió no arrendarle más el espacio.

Era lógico que tenía que cerrar, perder su inversión y despedir a sus empleados. Martha fue perseverante y con poco dinero, rentó un local más lejano y pequeño,  muy pocos clientes volvieron. La historia siguió así por algunos meses hasta que el negocio quebró y con ese lugar, también se rompió su corazón. La enfermedad avanzaba, el estrés aumentó, debía enfocarse en vender los electrodomésticos e inmuebles y regalar lo que quedaba; con el fin de recuperar algo del dinero invertido.

Martha trabajó por tantos años de sol a sol, los siete días de la semana, 13 horas diarias y nunca se ocupó de lo principal: su bienestar, su salud, el estar cerca de su hija y de asegurar el futuro de ambas, pensaba que con el pago puntual de todos los gastos, bastaba. El esfuerzo se lo llevó el viento. Y no tuvo otra opción que volver a ser empleada en un restaurante, en donde renunció porque le debían cinco meses de su salario.

Ella se cansó de que su pensamiento la arrastrara a un pasado que jamás volverá. Luego de un tiempo, tomó fuerza y decidió no rendirse pese a su dura situación y perseverar. Una mañana se levantó muy temprano, con el poco dinero que ahorró, salió en busca de un curso para hacer manicure, lo encontró y con el tiempo fue perfeccionando sus técnicas. 

Ahora sus ex clientes universitarios eran profesionales bien posicionados en grandes empresas privadas y públicas, aprovechó esa red para pedirles que corran la voz de sus servicios a domicilio. El mensaje se transmitió con tal éxito, que Martha otra vez, tocaba el cielo con las manos. La ganancia no era tan grande, pero fue ahorrando día tras día.

En junio de 2019, Martha abrió su primer centro de belleza, un lugar pequeño, acogedor y sin mucho lujo, ni inversión. Todas las mañanas, abría su local con la esperanza de atender al menos 10 clientes; sintiéndose “La dueña de su palacio” (nombre que le ha puesto a su emprendimiento).  Ahora recuerda el pasado con nostalgia y lágrimas en sus ojos, poco a poco se va reemplazando ese amargo sentimiento con una gran sonrisa de lo que aprendió de su eterna compañera la perseverancia inmortal, aquella que la ayudó a controlar sus pensamientos y acciones.

Finalmente, Martha me ha pedido que llegue a ti a través de su historia, comprendiendo que hay miles de mujeres emprendedoras en el mundo que jamás se rinden y salen adelante. Martha es mi madre, ella me ha enseñado el valor de la constancia y siempre me aconseja con sabias palabras, “no te rindas, sigue intentando día tras día, un pie tras otro, despacio, sin prisa para que veas donde pisas, confía solo lo necesario en las personas que dicen ser tus amigos. Recuerda que puedes llegar lejos con optimismo y perseverancia, demuestrale al mundo que eres inmortal”, puntualiza mi madre entre sonrisas, porque tiene fe en ti y en tu capacidad.

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