La caja de galletas con sabor a amor

Hace unas semanas mi abuela materna tuvo que quedarse en mi casa. Yo vivo sola desde hace varios años; por lo que, tener que cuidar de ella fue novedoso y agobiante, porque a los pocos días de su llegada enfermó por un medicamento fuerte que le recetó el médico.

En la madrugada de un jueves, a las 3 de la mañana, escuché un fuerte golpe, me levanté aun adormilada. Mi abuelita estaba temblando y no podía pararse, sin saber bien cómo ayudarla, la lleve hasta su habitación de un brazo, mientras ella se sostenía de la pared porque no tenía equilibrio para mantenerse en pie, e intenté llamar a un médico. 

Ella entre palabras cortadas e insistentes me pidió que no lo hiciera, luego de dos horas de darle pequeños sorbos de agua y compresas en su frente, consiguió dormirse. Llamé al  médico, quien aseguró con su diagnóstico que tenía deshidratación. A su vez, me explicó que en las personas mayores es muy grave, porque pueden morir si no se les da una adecuada atención; y pasados dos días y mi abuela se recuperó.

En ese tiempo, mi mente fue hacia atrás, cuando era pequeña. Mi madre tuvo que trabajar fuerte para mi educación y alimentación, dejándome al cuidado de mi abuela, desde mis tres años. Mi infancia fue dura porque mi abuela, fue bastante estricta y sus métodos de educación, severos. Con el paso del tiempo, se me presentó la oportunidad de trabajar lejos de casa y me hice cargo de mi misma, desde ese entonces, no volví a tener una convivencia tan cercana con ella.

Ahora, mi abuela tiene 84 años, ha ido perdiendo su memoria, y en un día, te puede preguntar seis veces por un mismo tema. Yo en estos 12 años, viví en un mundo de trabajo acelerado, que se frenó de un rato al otro con su llegada. Ahora, me tocaba ser paciente con ella, para explicarle con lujo de detalles, cada vez que volvía a preguntar. 

Mientras más amor contenía la respuesta, más satisfacía su curiosidad y menos veces preguntaba, porque era un tema resuelto para ella. Tal como explicarle a un niño, el por qué de cada asunto. Entre ella y yo, ya no había monosílabos, teníamos diálogos extensos, un cuento, una historia.

El día de su retorno a su casa, me levanté temprano, fui a hacer algunas compras para que se las llevara. En el trayecto, recordé que mi abuelita, cuando era pequeña, me llevaba cada mes por un helado o unas galletas. Así que, pasé por una panadería, y al tomar el café de la tarde, se las entregué, se sorprendió me miró y me dijo: 

— Te voy a extrañar. 

De pronto, esa frase validó cada segundo que dediqué en cuidarla, en darle su suero, su medicación y su comida. Era todo lo que yo quería, con eso me bastaba. 

Mi abuelita solo se comió dos o tres galletas, y le pregunté: — ¿No le gusto? 

Mi abuela respondió: — son para ti, tú ya te quedas solita y vas a tener hambre. 

Yo sonreí (como símbolo de mi gratitud). 

Cuando se fue, lloré por una horas, comprender que los padres, los abuelos, la familia van envejeciendo no es nada fácil, así como a los padres no les es fácil el crecimiento de sus hijos. Ellos guardan cada mes para esa caja de galletas, un lápiz de color, el par de zapatos que te hace falta; hacen tantos sacrificios a lo largo de su vida para no comerse ni una galleta. Sin verbalizar, la enseñanza queda demostrada.

Hoy mi abuelita no se acuerda de muchos detalles por su vejez, yo no me acuerdo de muchos porque era muy pequeña. Ambas asociamos la caja de galletas con ese sabor a amor puro e incondicional.

Nuestra vida acelerada nos lleva por sendas distintas y no nos permite detenemos a reflexionar en los detalles que hacen maravilloso nuestro vivir, pasamos satisfaciendo el deseo de crecer rápido, de producir rápido, de tener una familia rápido y de tan rápido que pasó, un día cuando somos viejos, nos olvidamos de lo que nos transformó.

Hoy es el momento perfecto para agradecer por los sacrificios que no le contamos a nadie. Los padres como los hijos no nacemos sabiendo cómo cumplir de forma integral nuestro rol. Es un aprendizaje de doble vía que debe ir acompañado de profundo compromiso, razonamiento,  y concienciación. 

Y si hoy tienes un tiempo libre, abre tu caja, visualiza que hay en su interior recuerdos, risas, enfados, hasta lágrimas de felicidad y tristeza. Ahora, escoge aquello que te ayude a salir adelante. Comparte una galleta del sabor que elijas, con quien tú elijas. Al final, ahí está la recompensa, como dice el dicho, “agradece a la vida que te ha puesto en en el lugar de quien da y no en el lugar del que necesita ayuda”.

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