Soy sensible

La sensibilidad es un cualidad humana que las personas poseemos. Es una cualidad que en algunas personas nos desborda más allá de que comúnmente sucede y nos convierte en personas altamente sensibles.

Las personas altamente sensibles poseemos algunas características que sellan nuestra personalidad. Desde temprana edad, descubrí en mi esta particularidad. Me llamaba mucho la atención cómo experimentaba la tristeza y la alegría con mayor intensidad que los demás.

Incluso, cómo metabolizaba ambas, sobre todo, la tristeza. Mientras el común denominador asume e interioriza la tristeza como algo malo, siempre la he asumido como una forma de crecimiento interior, en dónde, incluso, habita el amor mismo.

Me llamaba la atención cómo mi intuición absorbía el sufrimiento ajeno y cómo éste me afectaba y me movía a ayudar a los demás hasta el punto de ser voluntario a tiempo completo en obras benéficas y sociales.

Me sorprendía cómo disfrutaba de la soledad cuando comúnmente la gente le huye. Como mi estado natural se desenvolvía mejor en soledad. Aislado y ermitaño. Y cómo esto me convertía en una persona enigmática, sin que me comprendieran que me siento más a gusto a solas, que las personas sensibles necesitamos ese espacio de soledad para crear, leer, escribir… y hacer algunas actividades que normalmente los demás pueden hacer en compañía.

Con el tiempo, aprendí que la sensación de que caminaba en vía contraria a todo el mundo, no era una simplemente una sensación, sino que era así. Que mi perspectiva y mi forma de ver el camino era distinto a los demás.

Uno es acusado de ser intenso. Introvertido y triste porque es lo que todo el mundo asocia con sensibilidad. Esa sensación de ser “un bicho raro” la pude superar hace un tiempo cuando entendí que sentirme diferente es ser auténtico. Es algo que me define. Cuando entendí que no tengo porque hacer lo que está establecido en la sociedad ni lo que se espera de mi, sino lo que pienso que tengo que hacer.

Mientras intentaba hacer lo que comúnmente se hace, estudiar una licenciatura tradicional, buscarte el empleo ideal en la empresa ideal y aceptar mi destino, me sentía peor. ¿Por qué tengo que aceptar un destino que no me interesa, qué no es el que me define?

Me di cuenta que no nos enseñan a ser sensibles. Que nos educan para ocultar nuestra sensibilidad. Y eso es lo que me convierte en un “bicho raro”. Nos enseñan “que los hombres no lloran”, “que llorar es de débiles”, “no seas ridículo”, entre muchas otras frases, con lo que nos distancian de nuestra sensibilidad.

Según las estadísticas, una de cada cinco personas son altamente sensibles. Lo que quiere decir que no es extraño que me sienta particular. Que cuando pienso en algo el resultado casi siempre es muy diferente a lo que pensó el otro, que mi posturas y lo que pienso resultan ser extravagante.

El mayor valor de ser sensible es que he vivido la vida desde mi corazón, y en muchas ocasiones, me han engañado porque he asumido el compromiso conmigo mismo de confiar en el prójimo contrario a vivir una vida desconfiando de todos, pensando que en cualquier momento me van a engañar o me que pasará algo malo.

Y sí, me han engañado. Se han aprovechado de mi sensibilidad. Han abusado materialmente de mi. Y contrario a lo que puedas pensar, aun así, me he sentido mejor conmigo mismo que cuando he sido una persona calculadora y he desconfiado, evitando en todo momento que se aprovechen de mi.

Por una razón muy simple: soy sensible. No soy ni calculador ni puedo vivir cargado de pensamientos negativos, pensando todos los días que algo malo me sucederá. Porque a la larga, cuando me han engañado ha sido en un determinado día y lo he sufrido ese día, y no todos los días pensando que algo malo sucederá.

Esto no quiere significar que no tomo medidas o que no estoy alerta a lo que sucede en mi entorno y que si detecto alguna amenaza de posible engaño o suceso negativo, no tome medidas para evitarlo.

Lo que quiero expresar es que seamos un puente para las personas sensibles. Que aprendamos a educar a nuestros hijos incluyendo la sensibilidad. Que dejes de ver a las personas sensibles como personas cursis, ridículas o lloronas.

Que les enseñemos a nuestros hijos a vivir desde el corazón. En vez de emular sus sentimientos, refuérzalos y enséñales como lidiar con sus tristezas, cómo disfrutar de la soledad y cómo expresar esa autenticidad libremente, para que no sienta que los demás le ponen un sello que diga: “enigmático”.

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