El poder limitante de las etiquetas sociales

La comunicación permite el entendimiento entre uno o más sujetos llegando con un mensaje claro y concreto, la misma es beneficiosa cuando edifica y limita o contrae cuando su intención no es buena. En la actualidad, el ser humano en su constante búsqueda ha simplificado a través de adjetivos, utilizados en objetos; a personas en constante evolución. Un claro ejemplo de ello son los estereotipos y etiquetas sociales que recibimos y damos.

Está comprobado por muchas teorías que el poder de la mente traspasa límites y barreras de lo que científicamente se puede comprobar. Si se cataloga a las personas, se influye a que, mentalmente encajen con esa etiqueta, lo cual, aporta a nuestra evolución si nos referimos a lo positivo, pues nos esforzamos por mantener ese estándar. 

Ahora, ¿qué pasaría si su propia percepción y la del mundo no es la adecuada? o ¿se maneja un lenguaje de discriminación?, pues seguramente adjetivos como vago, feo, viejo, solo, no amado, entre otros; serían aceptados como algo común. Estos adjetivos han sido utilizados para clasificar a las personas de forma peyorativa, rompiendo el autoestima de quién las recibe sin importar su edad.

Emilio es un niño de 10 años, ha recibido una educación exigente por parte de su padre, siempre que obtiene una calificación bajo los 7 puntos, lo catalogan de “irresponsable y vago”. El niño convencido de esa etiqueta ha ido a su escuela sin falta de motivación y bajando sus calificaciones en otras materias en las que era exitoso, como las matemáticas. 

Es decir, las expectativas y creencias de su padre influyeron negativamente en su rendimiento educativo y en la relación con su entorno. Sin intención se creó inseguridad, competencia y falta de cumplimiento de estándares.

Francisca una mujer atlética de 55 años, ha recibido constantes críticas por la pasión a su hobbie: el baile. Los adolescentes de su clase la han llamado “la vieja bailarina”. Francisca escuchaba música a toda hora, incluidas sus horas de trabajo aseando oficinas y sus tiempos libres. Ahorro mucho para pagar sus clases y comprar sus zapatos. 

Un día dejó su maleta para ensayar, al volver encontró dentro su bolso lanas de diversos colores, agujas para tejer, encajes e hilos. Los zapatos con los que trabaja han sido rotos como su corazón. Debe regresar a su trabajo porque dobla turno en la noche y no le queda tiempo de ir a su casa a ver otros viejos zapatos. Francisca deberá atravesar la ciudad con sus zapatos de baile y seguramente estos no servirán cuando llegue a su empleo. 

En estos dos ejemplos, tanto Emilio como Francisca, son seres en evolución mental y destrezas artísticas. Una postura estricta o acto desatinado los han limitado y hasta excluido. Si tú, que lees este artículo, consideras que es algo que con el tiempo pasará, cabe señalar que muchas de las inseguridades y problemas psicosociales son por no dedicar tiempo a curar esas heridas emocionales, que consideramos pasajeras. 

Por esa razón, hoy te invito a reflexionar sobre el lenguaje que utilizamos hacia nosotros mismos, como para referirse a los demás.

El querer pertenecer a un grupo nos individualiza como sujetos y nos agrupan en etiquetas comunes, es como si imaginariamente nos ubicamos en una estantería del supermercado para que alguien se interese en consumir el producto de lo que representamos, sin salir de lo establecido por alguien. Ese alguien que a su criterio, juzga lo bueno y rechaza lo que no le sirve.

Es importante reflexionar si nuestros comportamientos habituales están contribuyendo a ser coherentes con la demanda de un mundo mejor para nuestras actuales y futuras generaciones. ¿En qué medida nuestro lenguaje interior permite un desarrollo pleno hacia el exterior? y ¿cómo eso está aportando a ese ansiado cambio?

Te invito a que, Francisca y Emilio, sean vistos con amor, compasión y consideración, a que sean tratados con un lenguaje incluyente en nuestra sociedad. Mira a Emilio como el próximo Primer Mandatario de tu país, o a Francisca que, pese a su edad y sus escasos recursos, pudo seguir fiel a su vocación. Se capacitó, luchó, pese a sus cortas posibilidades económicas y hoy es dueña de su emprendimiento; una escuela de baile para niños de escasos recursos. 

Y si tú eres o fuiste Emilio o Francisca, no culpes a ese triste pasado, sánate, háblate con amor y hablas con amor a quienes te lastimaron. No repitas el proceso, sana tus heridas, toma acción y rompe patrones o estereotipos que fueron disparatados en los momentos de tu evolución. Siempre hay tiempo para tu renovación interior. 

Recuerda que los seres humanos no somos estáticos, sino dinámicos y en constante evolución. Nuestros actos nos permiten “estar siendo” favorables hacia nosotros y los demás  a pesar de los factores, situaciones, entorno o temporalidad.

Es importante para nosotros tu opinión. Comenta sobre este tema, y sobre que otros temas que  te gustaría que tratemos.

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