Cuando no puedes expresar lo que sientes
Cuando estás viviendo un momento de depresión, uno de los aspectos más aterradores es esa imposibilidad de explicar lo que sientes, a los demás y a ti misma.
Es como vivir en un territorio sin mapa, sintiendo cosas que no tienen nombre, hundiéndote en una tristeza tan densa que ni siquiera puedes llamarla tristeza.
Durante dos años viví en ese valle oscuro. Y lo que me salvó fue, paradójicamente, encontrar las palabras.
Durante ese tiempo, las personas me preguntaban ¿qué te pasa? Y no sabía que responder. Es como tratar de describir un color que no existe, un dolor que no tiene ubicación física, un vacío que no puede medirse.
Sin darte cuenta, dejas que ese monstruo sin nombre viva dentro de ti, creciendo en el silencio, alimentándose de tu incapacidad para mirarlo de frente. Porque para mirar algo de frente, primero necesitas poder verlo.
Una tarde empecé a escribir en mi diario lo que sentía. Las primeras líneas fueron fragmentadas, y terminé escribiendo «me siento vacío». Lo leí y sentí que tampoco era vacío, porque vacío implica ausencia, y lo que yo sentía era una presencia pesada, oscura, asfixiante.
Al día siguiente, continué intentando asentar en mi diario lo que sentía, como quien intenta dibujar un mapa en territorio desconocido para no perderse del todo.

El poder de nombrar
Escribiendo encontré un poder extraño… ponerle palabras a lo que siento. Cuando escribí «tengo miedo», algo cambió. Porque ya no era solo una sensación difusa flotando en mi pecho, era miedo, tenía un nombre y podía verlo.
Cuando escribí tristeza, descubrí que no era una sola tristeza, era una por cada YO SOY que había dejado atrás, por el YO que creí que sería y no era, otra por los errores que había cometido.
Seguí con la rabia que sentía. La vergüenza que había estado cargando sin darme cuenta. La culpa que me atormentaba cada noche y me carcomía. El cansancio que iba mucho más allá de lo físico. La desesperanza que se había vuelto mi atmósfera normal.
Al escribirlas, estas emociones dejaron de ser un bloque monolítico de estar mal y se convirtieron en hilos que podía empezar a desenredar. Y lo más importante: al escribirlas, salían de mí y me permitían escribir esa parte de mi historia que estaba viviendo.
Escribir esa historia fue el acto más valiente que he hecho porque me obligó a detenerme y mirar exactamente aquello de lo que había estado huyendo.
Escribí sobre el día en que me di cuenta de que mi vida había perdido sentido. Tuve que poner en palabras esa mañana donde desperté sin una razón para levantarme. Tuve que nombrar el momento en que consideré que quizás sería más fácil “no estar”.
Cada palabra me dolía. Escribir sobre la oscuridad duele de formas que no puedes anticipar. Hay días donde solo podía escribir un párrafo antes de tener que cerrar el diario porque era demasiado. Habían días en que lloraba mientras escribía y no estaba seguro de estar sanando o hundiéndome más.
Cuando escribes lo que te duele y le das forma específica a ese dolor, ya no estás completamente a su merced, porque la escritura es una prueba de que existes, aun cuando el dolor te hace sentir lo contrario.
Hay momentos en la depresión donde dudas de tu propia existencia. Te sientes tan desconectada de ti misma que no estás segura de que haya alguien ahí dentro.

Cuando las palabras se vuelven espejo
Cuando leía lo que había escrito días después, podía ver patrones. Podía ver cómo ciertos aspectos se repetían. Cómo ciertos pensamientos aparecían una y otra vez bajo diferentes disfraces.
La escritura se convirtió en espejo. Me mostró cosas sobre mí mismo que no había podido ver. Me mostró creencias que había estado cargando sin cuestionarlas. Me mostró heridas que venían de mucho más atrás de lo que creía.
Leerme a mí mismo, fuera de mí, me dio la posibilidad de cuestionar e indagar. Y fue el momento, en el cual, la escritura se volvió transformación, porque escribir dejó de ser meramente el documentar lo que vivía, para escribir sobre cómo deseaba ser.
Al principio, parecía fantasía, como si estuviera inventando un personaje de ficción. Pero, mientras más escribía sobre esa versión de mí, más real se volvía. Las palabras en la página empezaron a convertirse en posibilidades.
Hoy, años después de escribir, años después de sentirme tan mal, puedo observar ese personaje más real, más cercano y más probable. La escritura no solo me ayudó a entender quién había sido y quién era. Me ayudó a crear para convertirme en quién quiero ser.
Si estás leyendo esto y estás en ese lugar sin palabras, quiero decirte algo:
¿Es posible hacer algo?
Aunque te sientas paralizado, aunque creas que no tienes energía para nada, escribir es algo que si puedes hacer. No tiene que ser perfecto lo que escribas ni tienes que ser una literaria, porque no tiene que tener sentido para nadie más que para ti.
Puede ser una sola oración: «Hoy me siento como si estuviera bajo el agua.»
Puede ser una lista: «Cosas que pesan. Cosas que duelen. Cosas que no entiendo.»
Lo que importa es sacar de tu cabeza aquello que te está consumiendo y ponerlo en algún lugar donde puedas mirarlo. Donde deje de ser solo sensación y se convierta en algo que puedes empezar a entender.
Escribir no te curará mágicamente. No es una píldora que tomas y al día siguiente todo está bien. Es una herramienta. Es algo que puedes hacer cuando sientes que no puedes hacer nada.
Es una forma de decirle a tu oscuridad “te veo, sé que estás ahí y voy entenderte». Y en ese acto de mirar, en ese acto de nombrar, todo empieza a cambiar.

Lo que aprendí escribiendo mi historia
Escribir mi historia me enseñó que el sentimiento que no puedes nombrar tiene poder sobre ti. Pero una vez que lo nombras, una vez que le das forma con palabras, empiezas a tener poder sobre él.
Me enseñó que puedes sentir muchos tipos diferentes de tristeza al mismo tiempo, y que cada una necesita ser reconocida individualmente.
Me enseñó que escribir sobre mi dolor no me hizo débil, porque elegí mirarlo en lugar de huir.
Me enseñó que las palabras son puentes. Entre el mundo interior y el mundo exterior. Entre quien era y quien puedo ser. Entre la oscuridad y la luz.
Si algo de lo que escribí resonó contigo, si reconoces ese lugar sin palabras, te invito a intentar esto:
Toma papel y lápiz, o abre un documento. No importa el medio.
Escribe una sola frase sobre cómo te sientes hoy. No busques la frase perfecta. Busca la frase verdadera.
Mañana, escribe otra.
Y al día siguiente, otra más.
No estás escribiendo un libro. No estás creando arte. Estás nombrando tu experiencia. Le estás dando forma. Le estás poniendo luz a lo que ha estado en la sombra.
Y en algún momento, quizás no hoy, quizás no esta semana, pero en algún momento, vas a releer lo que escribiste y vas a ver algo. Un patrón. Una verdad. Una posibilidad.
Vas a ver que estabas ahí, para ver la prueba de que es posible hacer algo. De que tú hiciste algo. De que nombraste tu oscuridad y sobreviviste para contarlo. Y si yo pude, tú también puedes.
Si estás pasando por un momento difícil y sientes que resuena contigo un acompañamiento, escríbeme (gustavoeduardo@despiertavida.com) y te puedo acompañar a buscar tu luz interior.
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