Patricia desde pequeña tuvo un coeficiente intelectual avanzado en comparación a otros niños de su clase. En la escuela, colegio y universidad siempre destacaba con las mejores calificaciones. Adicionalmente, participaba en diversas actividades extracurriculares. En su tiempo de vacaciones aprendía otras actividades como danza, inglés y ayuda social.
A los 12 años tuvo su primera ilusión con un niño de su barrio, desde ese día su vida amorosa no ha tenido éxito, pese a ser una mujer muy bella e inteligente; los temas del amor, siempre le fueron difíciles de superar. Ahora a sus 36 años, soltera y con muchos proyectos profesionales, ha llegado a la conclusión de que la pasión con la vive su vida y su nula educación emocional le han llevado a esta clase de conflictos.
Luego de 15 meses, Patricia recuerda con dolor una de las pruebas más difíciles que le ha puesto la vida: La separación de su amado, Eduardo Javier, quien decidió hacer su vida lejos de ella, sin consultarle, ni hacerle partícipe.
La relación de ambos estaba lejos de ser perfecta, relata “la nena”, (apodo cariñoso que Eduardo le puso), juntos soñaban tener una niña llamada María Paz, en memoria de la abuela fallecida de él. El proyecto pasó con el tiempo de ser una simple ilusión a la compra de ropa, zapatos y juguetes; artículos que hoy reposan en una maleta negra empolvada, como aquellos sueños.
Eduardo siempre quiso huir de su realidad sin importar lo que dejaba atrás, personas, situaciones y sentimientos. Nunca pudo explicar con palabras su necesidad interna de querer permanecer solo y actuar de manera inconsciente, hiriendo a los demás.
Una mañana Eduardo le pidió a Patricia bajar una carpeta llena de papeles de la que cayeron un pasaje de avión sin retorno en el que figuraba su nombre, de esa forma Patricia se enteró de la cercana despedida, poco a poco intentó averiguar más pero solo obtuvo más incertidumbre.
El día llegó, Eduardo se despidió de Patricia, sin dejar en claro si volvería y le aconsejó de que intente ser feliz. El último adiós, el abrazo final, la caricia perdida. Patricia cerró sus ojos y pidió desde el centro de su corazón que el destino, el universo y la vida se encargue de conducir a Eduardo por el camino correcto, mientras sentía que su corazón se rompía en mil pedazos y su alma salía por sus ojos, lavando el maquillaje de sus mejillas con agua salada.
Eduardo se separó de ella aduciendo que debía irse, al cerrar la puerta, el tiempo se hizo lento. El carro arrancó, la puerta del garaje se abrió y Eduardo desapareció.
Un viento congelado tocó la cara de Patricia, su respiración era cada vez más acelerada, los gritos de dolor invadieron toda la casa, ya no sentía sus piernas, se lanzó en el suelo para manifestar el dolor que le invadía.
El tiempo pasó, Eduardo siguió con su vida, conoció a varias personas y lugares; mientras que Patricia detuvo su vida, perdió la cuenta de cuántas veces ha llorado detenida en el tráfico, conversando con alguien o a solas con ella mismo cuando algún recuerdo se le atravesaba por la mente.
Eduardo la siguió contactando por llamadas y mensajes de texto que fueron atesorados por Patricia, como aquella reliquia familiar que deseas conservar cerca de tu corazón por su valor sentimental. Un “hola nena” la desbarataba, le atravesaba el pecho, la llevaba hasta el fondo del mar y besaba el propio infierno; pese a todo esto decía que si el se lo pedía olvidando todas las leyes físicas de espacio y tiempo, ella correría a su lado para cumplir el sueño de tener una familia feliz, lejos de todo, pero tan cerca de él.
Los deseos de Patricia no se cumplieron, su salud colapsó. La ansiedad le invadía en una junta laboral, en medio de la noche el miedo la abrazaba y su mente lideraba una batalla entre soltar el recuerdo de Eduardo y el ser consciente de que la relación no era más sostenible en esta, ni ninguna realidad. A su vez eso le impedía pedir ayuda, verbalizar ese diálogo interno que paraba solo cuando él volvía a llamar.
La vida siguió pasando pese a que Patricia estaba deshecha por dentro, olvidó cómo era sentir paz y tranquilidad, su vida se volcó a un hueco sin salida, donde juró nunca más volver a enamorarse. Algunas personas llegan a la vida para dejar su marca en forma de heridas, otros para cerrar y vaciar sobre esas cicatrices puro amor. Ese amor que a ella le faltaba, era un amor propio inexistente, que buscó durante toda su vida ver reflejado en alguien más. Esa escasez desde sus primeros días de infancia nunca se pudieron evidenciar. Sus heridas de la infancia le miraban a los ojos y no supo cómo curarlas.
Un sábado a las 03:00 llegó un último mensaje de Patricia al celular de Eduardo, quien no lo leyó hasta las 12:00 de la tarde del día siguiente, cuando la borrachera de la noche anterior dejó de hacer efecto y cuando todo ya era demasiado tarde para ambos. El mismo que decía:
– “Por fin has dejado de dolerme, y eso en el fondo de mi corazón me entristece, porque al final era lo único que me recordaba lo que tú un día fuimos. A veces es mejor perderlo todo y recuperar la paz. Nadie ha muerto por empezar de cero”.
El dejar ir no es una teoría de aplicación exacta. Las decisiones determinantes de nuestra vida no se miden por la inteligencia intelectual, relaciones sociales, ni estatus social. Los seres humanos somos la suma de todas nuestras historias, de aquello que superamos, de las batallas internas con las que luchamos a diario, cada persona es un mundo distinto.
Muchos tienen certeza de soltar situaciones y personas que nos hunden, muchos otros no han desarrollado su inteligencia emocional desde niños. Si tienes alguien que está pasando por una situación complicada como esta. No la dejes sola, apoyala, escuchala y sobre todo no dejes que sea demasiado tarde para ayudar a una amiga o una familiar donde siembres perdón, paz y amor. En Despierta con Gustavo Eduardo, siempre estamos gustosos de escucharte y darte nuestro apoyo. Encuentranos en https://despiertavida.com